sábado, 25 de marzo de 2017

Sobre el motín de la Santa Ana, según el capitán Urioste (I)

El 8 de agosto de 1804, Ramón de Urioste, capitán de la fragata Santa Ana, se sentó en un despacho de la capitanía marítima del puerto de Vigo para presentar una protesta de mar. Había sobrevivido a una travesía muy complicada. Sables, traición e intriga, un motín, la amenaza latente de los piratas... Tenía una historia muy interesante que contar. Lástima que lo hiciese tan mal.
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Lástima, también, que me toque recontarla a mí, que me lío en metaliteraturas y soy incapaz de hacer avanzar una historia.
Por empezar dando ya marcha atrás, una protesta de mar es una especie de acta notarial que se emplea en derecho marítimo; en ella, el capitán de un barco que ha sufrido retrasos, averías o pérdidas de cargamento hace una crónica de su viaje explicando por qué ha tenido esos problemas, y en general tratando de lavarse las manos por las pérdidas económicas(1).
En el caso de Urioste, aquel día tendría que estar ya en Santander con su cargamento de pimienta de Tabasco y palo de Campeche, y le tocaba justificar qué hacía todavía en Galicia. 
Los problemas habían comenzado prácticamente al partir de la Habana. Se había puesto de acuerdo con una polacra catalana para ir juntas y protegerse mutuamente de los piratas. Una polacra es un tipo de barco "similar al jabeque con dos palos triples, sin cofas ni crucetas y con el mismo velamen que los bergantines", signifique eso lo que signifique(4).
El caso es que una fragata tiene tres palos y más vela, así que, en lugar de escapar del Caribe y de los piratas lo más rápido posible, la Santa Ana tenía que ir constantemente ralentizando su marcha para no separarse de la otra. Y los marineros, que no veían gran ventaja en esto, se fueron poniendo más nerviosos con los días.
Urioste dice que "no [había notado] hasta entonces cosa alguna en toda la tripulación más que solo horrorosos juramentos y maldiciones" —las frases de Urioste son así siempre, por cierto: al acercarse al final ya no recuerda cómo las había empezado—, pero ya a su paso por los Cayos se dio cuenta de que "siendo necesarias algunas maniobras, las rehusaban practicar y si las hacían era contra su voluntad y de la sumisión que en iguales circunstancias debían tener".
Los barcos se separaron al salir del Caribe, pero la desconfianza entre Urioste y sus subordinados siguió creciendo. Según el capitán —quién tuviese la versión de la otra parte—, los marineros mostraban "una notable soberbia y (...) vanidad", y se burlaban de sus operaciones "con desvergüenza e improperio".
En algún momento hacia el final del viaje Manuel Nicolín, el piloto, le da parte de un enfrentamiento que ha tenido con la tripulación. Al parecer había unos cuantos marineros agrupados en el alcázar de popa, y Nicolín, que tenía que andar por cubierta de aquí para allá haciendo observaciones de navegación, les pidió que se quitasen del medio y no lo molestasen; en ese momento, el timonel saltó de su puesto y "pidiendo un cuchillo a uno de sus compañeros se le present[ó] con él desenvainado pidiéndole satisfacciones".
Lo cual, a primera vista, parece una reacción bastante exagerada. Sin embargo, en la siguiente frase Urioste deja caer en medio de una subordinada, sin darle importancia que el contramaestre y el cocinero se habían amotinado algunos días antes.
Sin dejar que nos replanteemos la escena anterior con la nueva información que nos ha dado, el capitán se lanza en su crónica a narrar lo que pasó el 3 de agosto, horas antes de avistar tierra. Ni siquiera cambia de frase, pero ha pasado el suficiente tiempo como para que el cocinero se haya olvidado, sabe Dios cómo, de quién está en su bando y decida pedirle precisamente a Nicolín que le ayude a esconder un par de sables en la cocina "para defenderse en caso de ataque".
Evidentemente, Nicolín no cae en esa excusa y se niega, así que el cocinero baja a la cámara a coger los sables él mismo, aparentemente dándose cuenta por primera vez de que esa posibilidad existe.
Nicolín ve poco después al timonel y al cocinero conspirando en un rincón oscuro, y se fija que este último lleva un bulto sospechoso bajo el capote. Y pese a que la prudencia aconsejaría irse de allí el timonel ya lo había amenazado anteriormente a punta de navaja, y el cocinero está armado , lo que hace es enfrentarse a ellos, en una escena que se lee como la bronca de un profesor severo de matemáticas a los dos repetidores de la última fila.  
Nicolín le pregunta qué esconde bajo la ropa, y el cocinero titubea al contestar. Así que Nicolín repite la pregunta, hasta tres veces; y el cocinero, repetinamente rojo como un tomate, está tan nervioso que "apenas podía pronunciar con claridad, cosa que hasta entonces no se había observado en él".
Suena ridículo, en el contexto de un motín, pero está escrito así. En algún momento la naturaleza de la conversación cambia, y Nicolín se da cuenta de que está en peligro, así que decide escaparse de la sala en la que está, y se marcha al camarote del contramaestre a hablar con él.
Tienen una conversación larga en la intimidad de la habitación. Nicolín le cuenta al contramaestre el encontronazo que acaba de tener, lo poco que se fía del cocinero, la sospecha de que estará conspirando para matarlo. El contramaestre sonríe y le contesta que se tranquilice, que sabe de buena tinta que el cocinero es de su bando.
Y es en ese momento cuando caen de la burra. Llevan un buen rato hablando uno sentado en el catre, el otro tal vez apoyado en la puerta y bebiendo por los nervios pero no se les había ocurrido hasta ahora. Uno empieza a decir "espera, espera...", y el otro "pero eso quiere decir que-", pero se interrumpen a mitad de frase. Se acaban de dar cuenta de que están en bandos enemigos.
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Aunque esta es, por supuesto, solo la versión de Urioste. Opino que no es justa en absoluto con su piloto. En la narración del capitán, las cosas le van cayendo encima por casualidad: le atacan cuando solo pretende hacer su trabajo, le confiesan de manera inverosímil planes secretos para rebelarse, se escapa del cocinero para ir a meterse como un pollo sin cabeza en el camarote del contramaestre.
Se me ocurre que hay otra versión de los mismos acontecimientos, en la que ambos contramaestre y piloto, llevan probablemente un mes jugando una partida de ajedrez, escondiendo sus intenciones, espiándose mutuamente y esperando acontecimientos.
El piloto ve una reunión sospechosa de marineros en cubierta y agarra una brújula para ir a infiltrarse entre ellos y ver qué traman; y aunque lo echan con malos modos, es capaz de mantener la suficiente cordialidad con ellos como para que días después le vayan a pedir armas a él. El contramaestre tiene el apoyo de la tripulación, pero come todos los días con los oficiales una hora al día con Urioste, Nicolín y el mozo de cámara, a puerta cerrada—, así que juega a dos bandas, incitando a los marineros al motín mientras llena de buenas palabras a sus compañeros de mesa.
Así van conviviendo, día a día, midiendo los gestos propios y los ajenos; hasta que el 3 de agosto, después de enfrentarse al cocinero, Nicolín comprende que no merece la pena seguir disimulando y va al camarote del contramaestre a confrontarlo directamente.
Y es imposible que la conversación sea tan ridícula como la vende Urioste, pero al final se llega al mismo punto: el momento crucial, en la cercanía forzada del camarote, al final de su batalla íntima, en el que los dos se convencen finalmente de que se ha acabado el tiempo del espionaje, que la guerra abierta es inevitable, y están en trincheras enemigas.

REFERENCIAS:
"Navegantes, corsarios y piratas", de Alberto Fortes.


(1) Un detalle simpático es que el capitán parece tener que nombrar un culpable de sus problemas y dirigir contra él su protesta. Esto es bastante directo si has sufrido un ataque del corsario tal o cual, pero te hace parecer desesperado si lo que te ha pasado ha sido una acumulación de pequeños contratiempos. En un documento que leí el capitán protestaba “una, dos, tres y las más veces permitidas en derecho contra la mar, sus olas, vientos contrarios, cargadores y fletadores, aseguradores, consignatarios y más contra quién protestar deba”(2). 
(2) Esto me recuerda algo que escuché hace tiempo en Futility Closet y reconté en este momento de Twitter. (3)
(3) Puestos a caer en madrigueras que no vienen a cuento, el caso de RMS. Titanic, Inc. contra el barco RMS Titanic me ha recordado que John Fogerty, el compositor de la CCR, fue denunciado por plagiarse a si mismo. El denuciante fue su antigua compañia discográfica, que poseía el copyright de una canción que luego él trató de versionar cambiándole la letra. En fin, la historia en realidad no hace más que ensuciar el titular.
(4) El palo de Campeche, por cierto, es un árbol leguminoso originario del Yucatán. Se utilizaba como tinte negro o azul oscuro para tejidos. Su nombre científico es Haematoxylum Campechianum, lo cual me resulta tan gracioso que he hecho un pie de texto solo para contároslo.

jueves, 23 de marzo de 2017

El nuevo podcast de Serial, S-Town, se estrena el 28 de marzo; de momento han colgado en su feed un pequeño capítulo de tres minutos para ir creando interés. Y es la mejor introducción a un texto que he leído en mucho tiempo. Espero que no importe mucho que lo reproduzca aquí.

When an antique clock breaks a clock that's been telling time for 200 or 300 years, fixing it can be a real puzzle.
An old clock like that was hand-made by someone. It might take away the time with a pendulum, with a spring, with a pulley system. It might have bells that are supposed to strike the hour, or a bird that's meant to pop out and cuckoo at you. There can be hundreds of tiny individual pieces, each of which needs to interact with the others precisely.
To make the job even trickier, you often can't tell what's been done to a clock over hundreds of years. Maybe there's damage that was never fixed, of fixed badly. Sometimes entire portions of the original clockwork are missing, but you can't know for sure because there are rarely diagrams of what the clock is supposed to look like; a clock that old doesn't come with a manual.
So, instead, the few people left in the world who know how to do this kind of thing rely on what are often called 'witness marks' to guide their way. A witness mark could be a small dent, a hole that once held a screw. These are actual impressions and outlines and discolorations left inside the clock of pieces that might once have been there. They're clues to what was in the clockmaker's mind when he first created the thing.
I'm told fixing an old clock can be maddening; you're constantly wondering if you've just spent hours going down a path that will likely take you nowhere, and all you've got are these vague witness marks, which might not even mean what you think they mean. So at every moment along the way you have to decide if you're wasting your time or not. 
Anyway, I only learned about all this because, years ago, an antique clock restorer contacted me and asked me to help him solve a murder.