martes, 14 de junio de 2016

Fragmento de "The Age of Wonder", de Richard Holmes(1)

Claude-Louis Desrais - Bildarchiv Preussischer Kulturbesitz, Berlin

«Jean François Pilâtre de Rozier era un profesor de filosofía natural, que dirigía un pequeño zoo y tenía una academia en la rue Saint-Honoré. Tenía 29 años. Había inventado una máscara de gas, una antorcha de hidrógeno y una nueva teoría sobre los truenos, todo lo cual parecía relevante para la técnica de los globos aerostáticos. Pequeño, energético y encantador, era un considerable mujeriego; pero junto con su carisma también poseía una extraordinaria sangre fría. Demostró ser valiente y preciso durante situaciones peligrosas, y pronto se hizo indispensable para los Montgolfier. Acababa de inventar la profesión de piloto de pruebas. Tenía lo que hay que tener.
El primer globo Montgolfier pilotado despegó de La Muette el 21 de noviembre de 1783. Era enorme, monstruoso. Medía 25 metros de altura, y estaba gloriosamente decorado en azul, con dorados que representaban figuras mitológicas; se impulsaba mediante un brasero abierto de dos metros de diámetro en el que ardía paja.
Los aeronautas escogidos para pilotarlo eran Pilâtre de Rozier y un elegante oficial de la Garde Royale, el Marqués d'Arlandes. D'Arlandes había sido seleccionado por sus conexiones con la Corte, por su entusiasmo y su riqueza; también simplemente porque los Montgolfier necesitaban un contrapeso.
Pilâtre iría montado en una galería circular alrededor del cuello del globo, y no en una cesta, así que su peso tenía que ser equilibrado por un segundo aeronauta en el lado opuesto de la galería. D'Arlandes se convirtió, por tanto, no sólo en el primer copiloto, sino en el primer balasto.
Más tarde publicaría un recuento muy lacónico de su histórico viaje, que los llevó volando bajo sobre los tejados de París durante unos 27 minutos. El Montgolfier se elevó inicialmente a 300 metros de altura, atravesó el Sena, y comenzó una lenta deriva sobre los tejados de Saint-Germain, evitando por poco las torres del Saint-Sulpice, elevándose de nuevo sobre el parque de Luxemburgo, y finalmente desplomándose rápidamente hacia las Buttes aux Cailles (cerca de la actual Place d'Italie, en el XIII Distrito).
Por la estructura circular de la galería, con el brasero y el cuello del globo en el centro, los pilotos apenas pudiron verse el uno al otro durante el vuelo. Pilâtre pasó gran parte del tiempo gritándole a un invisible d'Arlandes que dejase de admirar el paisaje de París y se dedicase a alimentar el fuego: "¡Vamos! ¡Vamos! ¡Si se queda embobado mirando al Sena, acabaremos nadando en él!".
De hecho, d'Arlandes iba experimentando un pánico creciente (y tenía sus razones). Primero imaginó que el globo se había incendiado, luego que la tela se estaba separando de la galería, y finalmente que los cordajes del globo se iban soltando, uno a uno. No paraba de suplicarle a gritos al piloto: "¡Tenemos que aterrizar! ¡Tenemos que bajar ahora mismo!" Cuando un golpe de viento agitó el globo sobre Les Invalides, le chilló a Pilâtre "¿Pero qué hace? ¡Deje de bailar!".
Muchos testigos declararon más tarde que podían oir a los dos hombres gritarse mutuamente mientras pasaban sobre sus cabezas. Asumieron que estarían describiendo las glorias del vuelo.»


(1) Lo que he hecho con este fragmento del libro, he de reconocerlo, no es tanto una traducción como una apropiación indebida, a medio camino entre una traducción comme il faut y una narración independiente de la historia. Sirva esta nota al pie para pediros perdón y recomendaros que leáis el libro original, si no por la elegancia de las semblanzas de los principales científicos ingleses de finales del XVIII(2), por el capítulo dedicado a la invención y la historia temprana del globo, que se lee como una novelita independiente, fresca y entretenida.
(2) Me ocurre también —supongo que, puestos a caer en las notas al pie, in for a penny, in for a pound— que gran parte del libro sucede en la Inglaterra del rey Jorge, el contrapunto exacto de los Estados Unidos de Hamilton fully armed batallion to remind you of my love, &c. No es una fiebre que me haya cogido con mucha fuerza, pero me sorprendo visualizando involuntariamente algunos pasajes con los protagonistas del musical, lo cual no deja de ser un pequeño placer añadido.
Por ejemplo, otro de los pioneros de los vuelos en globo, el italiano Vincenzo Lunardi, en una ocasión escandalizó a un salón de té al proponer un brindis en honor a si mismo: "I give you me, Lunardi, whom all the ladies love".

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