sábado, 22 de marzo de 2014

Ruta 60

Un chico de unos veinte años caminaba por la cuneta de una carretera de montaña estrecha y zigzagueante, haciéndole gestos a todos los coches que pasaban para que parasen. Vestía una chaqueta de lana con capucha completamente inútil bajo la lluvia, tenía mechones rubios pegados sobre la frente, parecía un pájaro con las alas mojadas.
Un coche oscuro de cristales tintados paró a unos metros de él, y poco después se abrió la puerta del copiloto, al tiempo que un rayo cruzaba el cielo. El joven dudó un instante pero acabó por subirse. Tras esto, el coche reanudó la marcha mientras el agua continuaba cayendo pesada sobre la carretera.
- No llovía tanto…
- Ya, no se veía venir, ¿verdad?…
El joven dejó caer la chaqueta en el suelo del coche y miró a su interlocutor, un hombre de unos treinta años de gesto serio, bien peinado. Llevaba las mangas de la camisa cuidadosamente dobladas hacia arriba; se había desabrochado el botón superior y aflojado la corbata. Agarraba el volante con fuerza, con seguridad, y parecía muy concentrado en conducir: no desviaba la vista de la carretera, ni siquiera lo miraba con el rabillo del ojo. Componiendo un gesto de fastidio con la boca, el joven le dijo:
- Menos mal que llevas puesto Pearl Jam; si no, me habría costado reconocerte…
- Ha pasado mucho tiempo.
- Quince años, casi. Has hecho bien en volver, se te ha echado mucho de menos por aquí. Pero mírate: coche nuevo, traje, gomina… Pareces un ejecutivo.
- Me lo exigen en el trabajo nuevo, no es cosa mía. Es algo engorroso, pero me gusta el trabajo y me alegro de poder vivir en casa y bajar al pueblo en un cuarto de hora, sin los atascos y los problemas de aparcamiento de la ciudad, que son… - en ese momento lo miró directamente a los ojos, y dejó la frase sin terminar- Te veo todos los días. Todas las mañanas al ir a trabajar, y otra vez por las noches, caminando por esta carretera como si estuvieses esperándome, exactamente igual que aquel día.
- Sí, y pasas de largo…
- Pues claro; enciendo la radio, intento distraerme con cualquier cosa y paso de largo. Dios, sí, ¿qué quieres? Tú harías lo mismo. Pero hoy he tenido que parar, por la tormenta, la lluvia…
- No, aquel día no llovía tanto.
Tras decir eso, el joven se quedó callado mirando por la ventana. Al cabo de un tiempo el hombre apagó la radio y le preguntó:
- ¿No vas a decir nada?
- ¿Qué quieres que te diga? No tenemos que hablar. Yo estoy aquí y tú me llevas contigo.
- Aquel día tampoco hablabas… -el hombre parecía estar pensando en voz alta-. Te subiste al coche, echaste el petate en el asiento de atrás, y luego te callaste  y me dejaste llevarte de vuelta a casa. Ni siquiera me dijiste adónde tenías pensado ir…
- ¿Tener pensado? No tenía pensado nada, qué iba a pensar, tenía veinte años… Quería irme, no sé, lejos. Tampoco es que quisiera conscientemente escaparme de casa, sólo vivir un tiempo por ahí a mi aire…
- Ya, pero ese día, caminando por esta carretera bajo la lluvia, ¿hasta dónde esperabas llegar? ¿Por qué venías por aquí?
-Yo qué sé, no sé, no importaba demasiado. Me habría valido cualquier cosa: si alguien se hubiese parado y me hubiese llevado al primer pueblo, o a la primera gasolinera, me habría bastado para empezar. Pero el único coche que paró fue el de papá. Lo llevabas tú, pero no importaba; y entonces lo vi claro, ¿lo comprendes? Yo no quería que me vieses y sabía que tú tampoco querías verme, pero pasó porque tenía que pasar, porque era lo único que podía pasar. La única puta opción era volver a casa, y así fue toda la vida, y no tenía sentido decir nada, no sé, no tenía sentido intentarlo…
>> Y tenías que ser tú… No sabes cuánto te odié en ese viaje, me fastidiaba que me estuvieras llevando como si el hermano pequeño fuese yo, porque tú eras el responsable, el que se había sacado el permiso de conducir con dieciséis añitos recién cumplidos; y además papá te dejaba usar el coche mientras que yo tenía que ir por ahí haciendo autostop…
- Dios, pero yo no quería llevarte a casa, no tenía ni idea de qué hacer. Y si me hubieras dicho: “llévame a la ciudad”, o lo que fuera lo habría hecho, o “vente conmigo”. Pero simplemente te quedaste callado. Conduje a casa por pura costumbre, podría haber ido a otro sitio, sin ser consciente, como un autómata…
- Hey, está bien, no te disculpes, de una u otra forma todo habría sucedido igual, no estoy aquí por eso.
El joven acercó su mano al hombro de su hermano para palmearle en la espalda, pero éste, al darse cuenta, se apartó gritando:
- ¿Y por qué estás, entonces? Dios, ¿por qué sigues aquí, dando vueltas? Me cruzo todos los días contigo por el barrio, en cualquier sitio: ayer pasé por delante de la librería de la señora Fletcher y allí te vi, reflejado en el escaparate. Te ví de refilón pero eras tú, al otro lado de la calle, sonriendo como un niño y tomando carrerilla para lanzarte contra el cristal, como el día que papá te echó de casa… Y ahora te has metido en mi coche… ¡En mi coche! ¿Te das cuenta?... No te entiendo, no sé qué haces aquí, ¿por qué me persigues?
 - No te asustes, estoy... porque no puedo estar en otro sitio, no me queda más remedio.
- ¿Pero qué significa eso, me lo quieres explicar? ¿Qué haces dentro de mi coche, de este coche? ¿Por qué estoy hablando contigo?
El joven le contestó:
- Escucha, no tenemos por qué hablar de todo aquello si te vas a poner así, pero el caso es que estaba haciendo autoestop porque tengo que ir a un sitio y tú has parado, deberías ayudarme...
- Jesús, esto ya no tiene ningún sentido.
- ¿Tú te acuerdas de mi canario? No creo, tú eras todavía muy pequeño y supongo que nunca te contaríamos la historia, pero el caso es que cuando estaba en tercer grado mamá convenció a papá para que me dejasen tener una mascota. Y me compraron un canario, lo trajeron de la tienda metido en una jaula enorme, de esas que tienen forma de carpa de circo. Era muy bonita, luego la vendimos un verano en el rastrillo de la comunidad; pero el caso es que a mí me daba mucha pena el pájaro, tenerlo encerrado y todo eso, así que cuando mamá no estaba le abría la portezuela y lo dejaba volar por toda la habitación. A veces se posaba en el borde de tu cuna y te cantaba desde allí.
Pero un día se marchó volando por una ventana abierta, y yo lo seguí corriendo hasta el parque O'Donnell. Se quedó allí, posado en una rama de un árbol, inmóvil, como esperándome. Yo trepé hasta él, y lo cogí para traerlo de vuelta a casa. Recuerdo que lo agarré con las dos manos, lo apretaba para que no se me escapase, y él trataba de aletear para irse volando, pobrecito. No entiendo cómo fui capaz de bajarlo del árbol. Yo lo apretaba mucho porque además estaba cabreado con él por intentar escapárseme y porque seguía insistiendo todavía. Joder, pero no quería hacerle daño, no me daba cuenta de lo que estaba pasando…
- No me digas que lo mataste.
- Para cuando llegué a casa ya estaba muerto. Mamá me vio nada más entrar por la puerta, con el pájaro estrangulado en la mano, y no supe qué decirle. Me eché a llorar, no sé si por ella o por el pájaro o por qué… Al final lo metí en una caja de zapatos y le pedí a mamá que me llevase al parque, para enterrarlo bajo el árbol. Que tontería, ¿te das cuenta?, fue un viaje de ida y vuelta…
El hombre vio por el espejo retrovisor que en el asiento de atrás del coche se acababa de sentar un niño pequeño, de unos ocho o nueve años, vestido con un uniforme escolar. Era exactamente igual a su hermano en la foto del colegio que tenían en casa, sobre la repisa de la chimenea.
El niño hacía pucheros y se limpiaba los mocos con la manga de la chaqueta. Llevaba sobre su regazo una caja de zapatos abierta, y finalmente sacó de ella una mancha amarilla informe, gelatinosa.
- ¿Qué es eso?
- Es el pájaro. Es bastante raro, lo sé, ya suponía que no te acordarías de él. Tú eras muy pequeño entonces…
- Dios, qué asco.
El niño jugueteaba con la gelatina amarilla, pasándosela de una mano a la otra y pringándose los dedos. A veces la estrujaba con ambas manos, y entonces algunos chorros salían disparados manchando la tapicería del coche y también su uniforme.
- Mamá va a pasar por el parque dentro de unos veinte minutos, y el niño tiene que estar allí. Pasa por allí todos los jueves al volver de la reunión parroquial, y últimamente, desde que le dijiste que aquel día había intentado escaparme de casa, se acuerda siempre de lo del canario... no sé, supongo que es lógico si tienes en cuenta lo que pasó después...
Así que lo tengo que llevar todas las semanas, porque es pequeño y no puede andar solo por los sitios, claro, y además el él... ¿sabes?, de pequeño era un trasto, me estoy dando cuenta últimamente… Bueno, y la verdad es que necesito que nos lleves, he tenido que esperarte aquí y se nos ha hecho tarde -el joven sonreía tímidamente a su hermano al decirle esto. 
El niño había abierto la ventana trasera del automóvil, y se limpiaba la gelatina amarilla de los dedos con el agua de la lluvia. Después sacó la cabeza para que el aire le diese en la cara.
- ¿Sabes? Creo que sí que me acuerdo del canario… Recuerdo un pájaro que se posaba en la mesilla del cuarto y cantaba, es una imagen que tengo grabada desde pequeño; pero en casa no se habló nunca de él, así que supongo que acabé pensando que había sido simplemente un sueño de beb...
En ese momento una sombra amarilla apareció volando de frente al coche, y, sin que el hombre pudiera hacer nada por evitarlo, se estampó contra el parabrisas con un sonoro golpe, dejando en el cristal una enorme mancha roja.
- ¡¿Pero qué ha sido eso?! ¿Tú has visto que nos tirasen una piedra o algo así?
-  No, me parece que te acabas de cargar al canario.
- ¡Dios! Pero… pero el cristal está roto, ¡pero cómo es posible…!
- Sí, la verdad es que ha sido un buen golpe… -concedió su hermano-. Vas a tener que llevarlo al taller…
Luego encogió los hombros, y se dio la vuelta en su asiento para acariciarle la cabeza al niño, que se había puesto a llorar de nuevo, mirando al pajarillo, muerto del todo dentro de su caja. Le pellizcó los mofletes y le hizo carantoñas. Fuera del coche la lluvia continuaba cayendo fuerte, real y sin motivo, y en poco tiempo lavó la sangre del parabrisas. En el cristal había quedado una marca circular, como una telaraña.

viernes, 14 de marzo de 2014

Reseña de reseña

Incluso ahora, que hace años que no juego al baloncesto, tengo interiorizado el mecanismo del tiro a canasta. Lo practiqué mucho de pequeño y llegó a resultarme natural. No medía mentalmente la distancia a la que estaba del aro, ni me concentraba en seguir la mecánica de tiro paso a paso, ni calculaba la fuerza o el ángulo; simplemente miraba fugazmente la canasta y me salía el gesto fluído, sin saber cómo. La puntería se tiene sin entenderla.
Cuando tiras un tiro libre, el reloj está parado. Como si no hubiese tiempo. El partido está suspendido; tú tienes en tus manos el único balón, y todos te miran.
En ese momento te das cuenta de que ya no recuerdas cómo tirar a canasta. Que nunca lo has sabido realmente; solo había que oír la música y dejarse llevar.
Y mientras todos bailan en un instante infinito, tú eres consciente del peso y la solidez de tu cuerpo. Notas un cosquilleo eléctrico que te nace en el tríceps y baja por el brazo poniéndote los pelos de punta.
La manera que tienes de salvar la situación es fiarte de la precisión de la mecánica. Separas los pies, flexionas las rodillas, levantas el brazo de apoyo formando un ángulo recto con el codo, notas el contacto del balón en las yemas de los cinco dedos y la concavidad de la mano. Cada parte de tu cuerpo se mueve por separado, no recuerdas si estirar las piernas antes o después que el brazo. Inmediatamente después de soltar la pelota sientes un vacío en el anverso de la muñeca, como si te faltase de repente el reloj. Pero a veces el tiro entra, claro.
Jorge Martínez está leyendo un libro de Arcadi Espada y ha escrito una reseña copiando su estilo, supongo que sin poder evitarlo. Martínez escribe habitualmente y ya le sale el gesto fluído. Me gusta leer su blog; a priori no tendríamos mucho en común, pero se mudó a París a la vez que yo me venía a Barcelona, y en todos sus textos hay como mínimo una idea, un chispazo que entra limpio como un triple desde la esquina, sin tocar aro.
Esta vez, sin embargo, escribe consciente del peso de sus dedos sobre las teclas. Duda, mide mentalmente las palabras, se concentra en cada frase, calcula lo que dice; en su búsqueda de precisión arcadiana en la mecánica creo que ha perdido algo de la puntería que tiene normalmente.