martes, 24 de septiembre de 2013

Leer a Murakami escuchando “I remember Clifford”

En uno de los primeros pasajes de “Tokio Blues”, dos jóvenes pasean juntos sin apenas hablarse durante kilómetros, y Murakami los acompaña fijándose morosamente en las hojas de cerezo, el sol de media tarde, el pasador del pelo de la chica.
Aunque al leerlo no lo sabemos, están devastados por la tragedia y su vida está cambiando delante de nosotros, mientras Murakami nos habla de la casualidad de encontrarse en la línea Chūō de camino a las librerías de viejo de Kanda, y de caminar sin rumbo hasta encontrarse en Komagome sin saber cómo.
Haruki Murakami no empezó a publicar hasta bien entrado en la treintena; antes de eso, trabajó en una tienda de discos. y después regentó durante años un club de jazz. Y tuvo dentro el arrebato de la literatura desde joven, es de suponer, querría epatar burgueses y despreciaría a las mujeres de mediana edad que se recomendaban libros de Matilde Asensi; lo que hizo fue trabajar e ir perdiendo la pasión, pagar sus impuestos e irse conformando, hasta que ya resignado decidió escribir.
Todos tenemos ambiciones, cuando somos jóvenes. Yo también quería ser escritor a los veinte años. Era romántico al respecto, había leído "Los detectives salvajes" y tenía ganas de leer en la ducha y cruzar Bucareli con el vendaval levantándome el cuello de la parka.
"Los detectives salvajes" son avasalladores, agresivos como cosas que hacen BUM, como arañas en el aire, como la versión de Dizzy de "Chega de saudade". Son una constante huida hacia adelante: uno se ve arrastrado porque cada párrafo es urgente y se oyen los de fondo los gritos de la sección de ritmo dándose ánimos entre sí, y va entendiendo por el camino que no llegará a ninguna parte, que el viaje es el destino y el librono es una novela sino un artefacto, una experiencia sin protagonistas, ni argumento, ni nada que sacar en limpio más allá de los solos de una trompeta torcida.
Murakami no tiene esa energía adolescente. Nada le importa demasiado, tampoco: en muchos de sus cuentos cortos, recopilados en “Sauce ciego, mujer dormida”, simplemente plantea los contornos de la historia (la rutina del protagonista, por ejemplo, el pasador del pelo y el sol de media tarde), sin explicarnos su significado.
Sus personajes son hijos únicos a los que les encantaría hablar pero permanecen callados, y cuando rompen el silencio sus conversaciones parecen sencillas pero arrastran profundidades con el mecanismo de las olas al romper en la playa. El protagonista de “Tokio Blues”, trabaja en una tienda de discos; el de “Al Sur de la frontera, al Oeste del Sol” tiene un club de jazz. A ambos les gusta especialmente un tipo de baladas jazz pausadas y cálidas, como “So what”, o “Star-crossed lovers”.
Son canciones melancólicas, con un tempo lento, en las que los músicos se resignan a no mostrar su virtuosismo y hacen que sus personajes paseen en silencio por Tokio mientras ellos aparentan estar distraídos por el viento del sur. Canciones de playa al final de todas las olas de la juventud, cuando solo quedan las ganas de escribir, porque has pasado demasiado tiempo persiguiendo detectives salvajes y estás perdido en un barrio desconocido y vacío de respuestas por dentro.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Heredero y bienhechor

Morreu Manolito de Damián con 70 anos, rodeado de herdeiros de última hora. O obituario publicado na Voz titulábao de "bienhechor" e falaba sobre todo de seu pai. Iba ilustrado por unha foto das ruínas do aserradero familiar.