jueves, 28 de noviembre de 2013

Mi vecino se peleó con su padre y se marchó de casa con una mochila hecha a toda prisa en la que llevaba una novela de Stephen King y la Biblia.
Es de suponer, por cabreado que estuviese, que también habría metido calzoncillos limpios o un jersey, pero de estas cosas de la aldea yo me entero por mi madre, y a ella lo que le llamó la atención fue lo de la Biblia. No dejaba de darle vueltas: ¿quién coño se marcha de casa llevándose la Biblia?, ¿se habrá hecho ultracatólico?
A mí me hacía gracia que de repente le diese tanta importacia a un libro: igual se lo estaba leyendo y quería saber cómo acababa, yo qué sé, igual es una lectura entretenida; hay gente que muere y se convierte en estatuas de sal, hay sexo e intriga. No tenía por qué importar, un libro es sólo un libro, son palabras y papel.
Este mes me he mudado yo también, sin drama, con las cosas más o menos planificadas. Dentro de la maleta, al lado de las zapatillas y la radio-despertador y un tarro de mermelada que me empaquetó mi madre, viajaba una novela que me había comprado un par de días antes y no había empezado todavía.
La he abierto hoy, sentado por primera vez en la cama de mi habitación vacía en Barcelona, en la que las paredes hacen eco de mis pasos. Empieza así: "Toda mudanza lleva consigo una desgracia desesperada por salir".

viernes, 11 de octubre de 2013

Por qué no me dedico profesionalmente a la lectura

Mi padre trajo a casa un manual de inteligencia emocional que su jefa llevaba un mes recomendándole con urgencia y había acabado por prestarle a traición, llamándolo al despacho cuando se estaba yendo de la oficina.
Entró con el libro en la mano, lo abrió en el recibidor mientras dejaba las llaves en el taquillón, pasó de largo del salón hojeándolo rapidamente, lo cerró a la altura de la puerta del despacho y al pasar por delante de mi habitación lo tiró sobre mi cama; mientras seguía caminando hacia el fondo del pasillo, me fue diciendo que lo leyese y le hiciese un resumen, y después se metió en el váter. Habla francamente mal del manual que, después de leerlo, la jefa creyese que merecería la pena prestárselo a mi padre.
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Estuve una temporada bastante larga, probablemente un curso entero, acompañando a Ana Freijo hasta su casa, que estaba por la Residencia, todos los días después de clase. Y después también algunos meses a Alba, que vivía en la Ronda del Carmen. Me decía a mi mismo que mi casa estaba tan lejos del instituto que un rodeo más o menos largo no era demasiado importante.
De forma parecida, hasta determinada edad tu vida adulta queda tan lejos que puedes entretenerte por el camino leyendo lo que te parezca, a tontas y a locas, hasta aprenderte de memoria "Merlín e familia", por ejemplo. Leer es intrínsecamente bueno con doce años y tus padres no se preocupan de si te va a valer de algo. Si acaso, tienen la sensación borrosa de algún provecho se sacará, y con esto les sirve de momento.
Ya había pasado esa edad cuando mi padre me mandó leer "Inteligencia Emocional", de Daniel Goleman. Piñeiro iba cogiendo trazas de ingeniero y desmontaba radios las tardes desocupadas; David se había comprado un manual de C++ para dummies y Alberto, que ahora diseña videojuegos, había escrito un programa que simulaba una máquina de refrescos.
Yo seguía simplemente leyendo, y a veces escribía cuentos. En algún momento, mi padre me dijo que por leer no me iba a pagar nadie. Pero después él mismo me hizo el encargó que leyese un libro.
Me lo tomé con gravedad histórica, en principio, valorando el peso del momento como si fuese trascendental. Lo abrí como David había abierto su guía de programación, con el destornillador de Piñeiro apretado en el puño; mi afición iba a servir de algo, también, iba a dar un primer paso hacia la madurez.
Duré dos capítulos. No fue una batalla épica. Avancé cuarenta páginas, paré y me di cuenta de que no había entendido nada ni me interesaba en absoluto, y me apetecía más ponerme a programar una máquina de refrescos que volver a leerlas. Quise seguir, nadando como mi perro a contracorriente, manteniendo a duras penas el hocico a flote.
Cuando le intenté resumir a mi padre los dos capítulos que había conseguido leer, solo me quedaba el recuerdo deslavazado de la palabra "amígdala", que por otra parte le sonaba a dolor de garganta, naturalmente.

martes, 24 de septiembre de 2013

Leer a Murakami escuchando “I remember Clifford”

En uno de los primeros pasajes de “Tokio Blues”, dos jóvenes pasean juntos sin apenas hablarse durante kilómetros, y Murakami los acompaña fijándose morosamente en las hojas de cerezo, el sol de media tarde, el pasador del pelo de la chica.
Aunque al leerlo no lo sabemos, están devastados por la tragedia y su vida está cambiando delante de nosotros, mientras Murakami nos habla de la casualidad de encontrarse en la línea Chūō de camino a las librerías de viejo de Kanda, y de caminar sin rumbo hasta encontrarse en Komagome sin saber cómo.
Haruki Murakami no empezó a publicar hasta bien entrado en la treintena; antes de eso, trabajó en una tienda de discos. y después regentó durante años un club de jazz. Y tuvo dentro el arrebato de la literatura desde joven, es de suponer, querría epatar burgueses y despreciaría a las mujeres de mediana edad que se recomendaban libros de Matilde Asensi; lo que hizo fue trabajar e ir perdiendo la pasión, pagar sus impuestos e irse conformando, hasta que ya resignado decidió escribir.
Todos tenemos ambiciones, cuando somos jóvenes. Yo también quería ser escritor a los veinte años. Era romántico al respecto, había leído "Los detectives salvajes" y tenía ganas de leer en la ducha y cruzar Bucareli con el vendaval levantándome el cuello de la parka.
"Los detectives salvajes" son avasalladores, agresivos como cosas que hacen BUM, como arañas en el aire, como la versión de Dizzy de "Chega de saudade". Son una constante huida hacia adelante: uno se ve arrastrado porque cada párrafo es urgente y se oyen los de fondo los gritos de la sección de ritmo dándose ánimos entre sí, y va entendiendo por el camino que no llegará a ninguna parte, que el viaje es el destino y el librono es una novela sino un artefacto, una experiencia sin protagonistas, ni argumento, ni nada que sacar en limpio más allá de los solos de una trompeta torcida.
Murakami no tiene esa energía adolescente. Nada le importa demasiado, tampoco: en muchos de sus cuentos cortos, recopilados en “Sauce ciego, mujer dormida”, simplemente plantea los contornos de la historia (la rutina del protagonista, por ejemplo, el pasador del pelo y el sol de media tarde), sin explicarnos su significado.
Sus personajes son hijos únicos a los que les encantaría hablar pero permanecen callados, y cuando rompen el silencio sus conversaciones parecen sencillas pero arrastran profundidades con el mecanismo de las olas al romper en la playa. El protagonista de “Tokio Blues”, trabaja en una tienda de discos; el de “Al Sur de la frontera, al Oeste del Sol” tiene un club de jazz. A ambos les gusta especialmente un tipo de baladas jazz pausadas y cálidas, como “So what”, o “Star-crossed lovers”.
Son canciones melancólicas, con un tempo lento, en las que los músicos se resignan a no mostrar su virtuosismo y hacen que sus personajes paseen en silencio por Tokio mientras ellos aparentan estar distraídos por el viento del sur. Canciones de playa al final de todas las olas de la juventud, cuando solo quedan las ganas de escribir, porque has pasado demasiado tiempo persiguiendo detectives salvajes y estás perdido en un barrio desconocido y vacío de respuestas por dentro.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Heredero y bienhechor

Morreu Manolito de Damián con 70 anos, rodeado de herdeiros de última hora. O obituario publicado na Voz titulábao de "bienhechor" e falaba sobre todo de seu pai. Iba ilustrado por unha foto das ruínas do aserradero familiar.

lunes, 29 de julio de 2013

Simplemente quería escribir esto

Jacinto Antón escribió hace meses un reportaje sobre Bruce Chatwin; en él recogía la siguiente descipción, hecha por Colin Thubron.
"[Era] muy obsesivo, tremendamente hablador cuando tenía una idea en la cabeza. Violentamente imaginativo más que juiciosamente erudito [...]. Te sentías arrastrado por la pura fiebre de su entusiasmo.
»Ocasionalmente recibía una carta suya out of the blue. Simplemente quería celebrar algo que le había fascinado, como si no pudiera dejar de escribir sobre ello, y no precisaba de ninguna respuesta".

viernes, 24 de mayo de 2013

Unha simple, logo.

Cando miña mai era pequena, solo había dúas televisións na aldea. A primeira taba no bar, pero ése non era sitio para pícaros así que miña mai non puido vela ata que a comprou Lula.
Á súa tía María gustáballe moito, sobre todo polas películas de vaqueros, pero en canto Lula notaba que se iba sentar a vela botábaa da casa, mandándolle subir sachar á horta ou poñerse a traballar no que fose.
De vez en cando, ó salir da casa, María vía a miña mai, que a esperaba sin esperar, a outra cousa, coma un gato ó sol. E ó vela María alegrábase e sorría nerviosa e brillábanlle os ollos, e asentía coa cabeza tratando de disimular, e entonces miña mai corría casa por casa invitando a tódolos pícaros a ir ve-la televisión.
Dez minutos despois subía unha ruidosa marea de críos que lle entraban na casa a Lula desbordando polas ventás e inundándoo todo, e detrás chegaba María poñendo cara de inocencia. Despois de regañarlles un pouquiño, sentábaos a todos, mandáballes estar calados, e pechaba as ventás e as contras para estar coma nun cine.
María sabía, creo, que non engañaba a naide, e despois habíalle caer unha boa da súa sobriña. Pero de momento, vía a película de vaqueros rodeada dos pícaros da aldea, ás oscuras e coas ventás pechadas, aínda que lle acababa mandando a alguén abrir unha para que entrase o aire, cando o olor a pólvora a molestaba demasiado.

jueves, 23 de mayo de 2013

He encontrado esto en el ordenador. Es viejo, debí de escribirlo en 2009 y no recordaba haberlo hecho. A veces me caigo bien a mí mismo:
No tengo nada en contra de los coches. Un amigo mío tiene uno y no corre, ni nada. Y entiendo que tienen derecho a circular con dignidad, por vías asfaltadas que tengan carriles de tres metros y pico de ancho, y arcenes de más de un metro a los lados, e incluso espacio para adelantar si es eso lo que quieren.
Yo lo único que digo, y eso es algo que no me va a negar nunca nadie, es que la palabra “carretera” viene de “carreta”, y un coche no es una carreta. Será un matiz, pero para mí es culturalmente importante. No me opongo a que construyamos carreteras para ellos, por supuesto, no voy a ser yo quien les coarte sus derechos. Hagámosles carreteras que circulen paralelas a las nuestras, que vayan y vuelvan a los mismos sitios, pero distintas, y que les llamen de otra manera. “Camino pavimentado”, por ejemplo. O “senda asfaltada”, eso ya que lo decidan ellos, con libertad.

viernes, 12 de abril de 2013

"Why climbing", de George H. L. Mallory

"La primera cuestión que me preguntarán y debo tratar de responder es esta, '¿Para qué sirve escalar el Everest?', y mi respuesta debe ser inmediata: 'No sirve para nada'.
No existe ni el más mínimo prospecto de ganacia. Bueno, puede que aprendamos algo sobre el comportamiento del cuerpo a grandes alturas, y posiblemente los médicos puedan emplear nuestras observaciones en el campo de la aviación. Pero nada más saldrá de esto. No traeremos ni un trozo de oro o plata, ni carbón ni hierro. No encontraremos un metro de tierra en el que cultivar cereales para producir comida. No sirve para nada.
Así que, si no entiende que hay algo en el hombre que responde al desafío de la montaña y va a su encuentro, que su lucha es la lucha misma por la vida, hacia arriba y siempre hacia arriba, entonces no verá para qué vamos.
Lo que sacamos de esta aventura es simple felicidad. Y la felicidad es, después de todo, el fin de la vida. No vivimos para comer y ganar dinero. Comemos y ganamos dinero para ser capaces de disfrutar de la vida. Eso es lo que la vida significa y para lo que la vida sirve"

Alors...

- No sé si te lo he contado alguna vez, pero durante mucho tiempo creí que la Marsellesa empezaba "Alors, enfants de la Patrie", en lugar de "Allons...". Y me parecía que tenía sentido... Quiero decir, le intuía un significado... que no es el que tiene si lees lo demás, claro, pero sólo tarareas los dos primeros versos, así que nunca te enteras.
- ¿"Alors, enfants de la Patrie, le jour de gloire est arrivé"?
- Parecía una llamada a la reflexión nacional: "Pues bien, hijos de la Patria, el día de gloria ha llegado..."
- ¿"...id vosotros que yo estoy muy cansado"?
- No, no, más bien: "...estamos en nuestro momento de gloria, estamos tocando techo como nación y a partir de ahora -no os dejéis llevar por la euforia, por la música triunfalista y toda esa fanfarria- a partir de ahora todo va a ser una larga cuesta abajo"
- "... hasta que llegue Robespierre y os guillotine a todos."
- Pues sí.
- Mola. Igual se pueden hacer más versiones así... ¿qué tal "dehors, enfants de la Patrie", por ejemplo? "Restez dehors, enfants, escondeos que nos vamos a enfrentar a la tiranía, que está izado el pabellón ensangrentado y no queremos a niños jugando por aquí..."
- Pues es otro himno con el que estaría de acuerdo. Más que con el de verdad, de hecho. Es el himno de un país que se preocupa por tí en vez de darte ánimos estúpidamente para que te mates por él, es básicamente un primer paso hacia el estado de bienestar.

jueves, 28 de marzo de 2013

Los bucles son otro tipo de instantes infinitos


Madurar viene a ser una profecía autocumplida que consiste en convencerte de que lo has hecho; por eso es peligroso saber dónde has dejado escondido tu diario de hace diez años.
En mis sueños escribo y soy feliz. En la mayor parte de ellos es lo único que hago, aunque en otros incluso tengo novia. Cuando recuerdo los sueños de mi padre escribo, estudio ingeniería de Caminos y soy feliz (me da tiempo a todo, son sueños largos). Por supuesto, no soy tan feliz como si lo único que hiciera fuera escribir, pero si infinitamente más que si sólo me dedicara a la ingeniería.
Cuando despierto de mis largos sueños son las ya once o las doce de la mañana. Hace quince días que me prometí madrugar, y de hecho programé la alarma del teléfono móvil para que sonase a las ocho. Las primeras mañanas no reconocía el sonido y despertaba a toda la casa; lo apagaba mi padre, cabreado, pero por lo menos luego llegaba a tiempo al trabajo. Luego ya aprendí a silenciar la alarma durmiendo, y a levantarmea las once o a las doce.
Casi prefiero estar dormido a estar despierto, porque me aburro mucho por el día. Todas las mañanas desayuno como un rey, si señor, y todas las mañanas me ducho y me lavo el pelo, porque no sé qué más hacer. El pelo.
Llevo sin cortármelo desde hace cuatro meses, y mis padres comienzan a tener ilusiones de que lo vaya a dejar largo, que es algo que les hace ilusión sabe Dios por qué. Yo lo quiero cortar, y el día que me levante temprano va a ser lo primero que haga, después de desayunar y ducharme.
Tengo un montón de ropa que no uso, pero cuando, después de bañarme, me cuelgo en la puerta de mi armario buscando ropa para ponerme me entra una especie de angustia ante el folio en blanco y acabo cogiendo el mismo pantalón vaquero del día anterior, los mismos tenis azules. Hay días en los que incluso me pongo una camiseta azul, y parece que lleve un uniforme.
Tras adecentarme, veo la televisión durante horas, concentrado, sin descanso, apenas las paradas para comer, mear y esas cosas necesarias... Si me canso de no hacer nada, me voy al ordenador. Lo enciendo, abro un documento de Word, y me entonces me entra una especie de angustia de armario.
En mis sueños no escribo y soy feliz, corrijo, tengo la habilidad de soñarme ya escritor, y de hecho consagrado, y así sí que me duermo a gusto.
Supongo que, en definitiva, me sueño respetado y eso es normal, pero cada vez tengo más claro que me tengo que buscar otra razón por la que me respeten, porque no valgo para escribir. Cuando me siento frente a la pantalla tengo un brote instantáneo en el que creo que me vuelan las ideas y estoy eufórico, pero luego empiezo a teclear y se me cae el mundo encima de las manos, en cada movimiento de cada dedo sobre el teclado soy consciente del peso de toda la columna de aire sobre él...
Escribo frases boqueando desesperado, ahogándome en el aire sobre mis dedos, y luego paro, releo, borro, reescribo, leo, reborro y cierro el documento con ganas de llorar. Para no pensar mucho en ello me meto en el Messenger, pero nunca tengo nada que decir, lo cual es normal teniendo en cuenta que no salgo de casa, así que ni siquiera saludo a la gente.
Para no irme a ver la televisión otra vez, vuelvo a abrir un documento de Word, pero ya ni siquiera tengo ese momento inicial de euforia, simplemente me quedo mirando mis manos perfectamente dispuestas sobre el teclado. Nada. Aprieto todas las teclas a la vez. Cierro (¿quiere guardar los cambios?-No, por Dios).
No puedo escribir en el ordenador. Es tan impersonal, tan... ingenieril. Pienso que debería escribir en libreta, o en folios, con bolígrafo, haciendo ruido mientras araño la hoja.
Así que me voy a mi cuarto, pongo la radio para tener algún sonido de fondo, despejo todos los libros de mi escritorio y abro una libreta, cayendo justo en una hoja que tengo rayada.
La arranco y la parto en dos mitades, y hago lo mismo con cada uno de esos trozos, doblándolos cuidadosamente hasta que una esquina casa con la otra, pasando velozmente la punta del dedo índice y la uña del pulgar sobre la doblez, y al tiempo que coloco las palmas extendidas de mis manos sobre cada uno de las mitades del trozo de papel para después separarlas poco a poco, me miro las uñas y pienso que debería cortármelas.
Cuando vuelva del peluquero. Llegaré a casa con el pelo corto, me ducharé y me cortaré las uñas y me pondré la camisa y saldré de casa hecho una persona nueva. Sigo rompiendo el folio en pedazos pequeños, que tiro a la papelera. Oigo por la radio que el Deportivo está perdiendo, en Riazor, así que me voy a la televisión a ver el partido.
Cuando llega mi padre del trabajo, yo sigo viendo la televisión en el salón. Él me saluda y me pregunta si he repasado matemáticas, o si he estudiado dibujo.
Empieza a hablar. Me dice que en primer año de Caminos hay dos asignaturas que vienen de las matemáticas, y que son las más difíciles. Dice que las integrales se me han olvidado, y nadie regala nada, los profesores van a pasar por ellas como trenes, sin mirarnos a la cara ni aprenderse nuestros nombres, y tengo que llevarlas muy claras.
Yo asiento sabiendo que tiene razón, y me avergüenzo de haber perdido la tarde en vez de dedicarme a cosas serias. Cuando aparece mi padre recupero la consciencia, recuerdo los miles de cosas productivas que podría haber hecho. Me da pena mi padre, sé que está triste por mi culpa.
Apago la televisión furioso conmigo mismo y me vuelvo a la habitación, y está desordenada, hay un montón de libros encima de la cama y me he dejado la radio y la luz encendidas. Empiezo a recogerlo todo, pero mi madre me llama para cenar, así que lo dejo a medias y voy.
Ceno bien, como un rey, sí señor, y me voy a la cama a soñar que soy escritor, estudio Caminos, tengo novia y soy feliz.

miércoles, 9 de enero de 2013

Prólogo al libro de Jacinto Antón

El mismo mar baña por igual las Svalbard y la Ría de Foz, la Ítaca que añoraba Odiseo y la Isla Elefante de la que Shackleton escapó.
Vivimos rodeados de él y necesitamos navegarlo y pescar; pero es un medio hostil para nosotros, que nacemos gateando. Es un enorme animal dormido que nos mata sin querer cuando se despereza, pero como tenemos que convivir con él nos decimos que lo dominamos, que lo entendemos incluso. Hemos inventado a Escila y Caribdis y al Kraken para justificar su traición cuando atacaba barcos y se quedaba con sus marineros; y dragones, en los mapas antiguos, por no confesar simplemente que había zonas de aquel mar con el que convivíamos que todavía nos eran desconocidas.
La única manera de ir perdiéndole el miedo al mar es jugar de pequeño en una playa. En ese momento todo es sencillo: no existe nada más allá del horizonte, y el mar es solamente una ola que viene a estallar en la arena y otra que la sigue; y la lucha histórica de la Humanidad contra el animal indomable se reduce a decidir entre tirarte de cabeza hacia la ola o intentar la sutileza de dejarte mecer y hacer que pase a través de ti.
Este libro funciona como una playa, una lectura soleada en la que siestear mientras suenan rítmicamente de fondo las olas batiendo contra la arena. Scott, Almászy, Lawrence... todas arrastran profundidades en las que perderse, podríamos pasarnos la vida entera buceando. Este libro te permite chapotear en la orilla, gritar entre la espuma y, tal vez, escoger una ola bajo la cual sumergirte y seguir a partir de ahí buceando mar adentro.